viernes, 11 de noviembre de 2011

La mediocridad del once

Hay una lacra social que carcome y destruye todo y a la cual he creído conveniente llamar la mediocridad del once

El sistema educativo está orientado desde el Estado al fomento de la mediocridad, la irresponsabilidad y el mínimo esfuerzo. La educación está abiertamente dirigida al cultivo de grados vergonzosos de ineficiencia mental tecnificada y especializada que luego se reflejan en la vida laboral, familiar y comunitaria. 


Ciertos profesores, desalentados por un sueldo insuficiente, el abandono de su sector y por un statu quo absorbente, exigen solo lo necesario para que sus alumnos pasen. La investigación, la reflexión y la apertura mental son frutos prohibidos de un árbol de la ciencia reservado exclusivamente para quienes tienen el dinero suficiente para comprar libros de consulta y una educación privada de cierto "nivel", que, no se me malinterprete, también está invadida por la mediocridad del once. "Googlear" es la nueva investigación para el estudiante moderno y avispado.

Es paradójico ver, sin embargo, que quienes no tienen los medios para educarse con mayor acceso a las herramientas e infraestructuras más costosas son, en muchos casos, quienes muestran mayor voluntad para aprender y un más ávido deseo de desarrollar sus capacidades intelectuales. Por otro lado, quienes tienen los recursos a la mano suelen satisfacerse con el plagio, el fraude, la compra de trabajos hechos, el "copy/paste", el último minuto, la excusa, la inasistencia, etc. 

La mediocridad del once es una plaga que se extiende a todos los niveles de actividad humana. Los plazos se cumplen con retraso y sin disculpa, la impuntualidad se ha convertido en una nueva señal de estatus y poder, se maneja con desesperación e irresponsabilidad (lo necesario como para que "los tombos no nos claven una multa"), se juzga la realidad y se condena o libera a sus actores sin investigación ética, se copian los chismes y no se confirma la información que nos vende la prensa manipulada por intereses personales, políticos o empresariales, se come lo que a uno le dan sin cuestionar su procedencia y sus consecuencias y se recurre a la religión y a la moral solo cuando es parte de una emergencia que nos permita sobrevivir física o socialmente. 

Es decir, cunde la mentalidad conformista, mediocre y laxa. Y el utilitarismo moral.

Si los profesores, incentivados por una paga medianamente decente, constantemente monitoreados y capacitados, se dedicaran a enseñar con más conciencia de superación y exigencia realista y personalizada, se erradicaría en mucho la mediocridad del once. 

Los padres tienen la primera responsabilidad en la demolición de esta espiral de mediocridad. No exijan a sus hijos solo "pasar" un curso o "terminar" una carrera como parte de una tiranía del tener para ser; demanden del sistema educativo un mayor realismo que evite que un alumno diez se sienta menos que un alumno once y que, visto del otro lado, el segundo no se satisfaga con un orgullo porcentual que lo marcará como un mediocre de por vida. Eso es lo que deberían exigir los padres, en vez de atemorizar a los hijos con el prometido castigo si “saca un jalado”. 

En esta cultura del paporreteo, quien sabe algo es calificado de intelectual (si es apreciado) o de fanático (si sus contendientes se quedan sin argumentos). Una discusión no puede ser llevada adelante con decencia, nivel y argumentación lógica en un ágora de mentalidades once y uno termina cayendo en un estúpido juego de desinformación, ataques personales y desprestigio. Esto se ve permanentemente en política, religión y en los medios de comunicación. Estos tres poderes son el caldo de cultivo y el estrado de premiación de la mediocridad del once. 

Depende de uno mismo ir más allá de la mediocridad del once. Nadie lo va a hacer por ti. No creas todo lo que oyes y lees, investiga, busca y rebusca, abre tu mente, reflexiona, no prejuzgues y no tengas miedo a ningún tipo de información que puedas recibir o descubrir. Defiende tu punto de vista sin engreimientos pero respeta otros y no te escudes en el balido de los (micro y macro) rebaños. Sal de la burbuja. Solo así podrás vencer ese peso tan absurdo que nos han transmitido y nos imponen día tras día, con letanías copiadas, los sacerdotes supremos de la secta de la mediocridad del once.

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El autor

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No me gusta mi nombre. Quienes me conocen me dicen JEES.

Fui director de la revista de primaria de mi colegio, entrevisté a un futuro dos veces expresidente del Perú a los doce años y me metí en mi primer lío (serio) por escribir lo que pensaba en cuarto de secundaria.

Saliendo del colegio ingresé a la Facultad de Teología porque quería ser sacerdote, pero me curé a tiempo. Luego estudié filosofías orientales y terminé recibiendo iniciación brahmínica en la India en 1994.

Fue ahí donde un sadhu leyó mi carta astral y me dijo: "veo comunicación, comunicación, comunicación". No fue una sorpresa.

Me gradué de publicista, me dediqué principalmente al Periodismo, soy todo lo contrario a un relacionista público y tomo muy malas fotos pero mi sueño es ser fotógrafo. Por eso prefiero decir que soy comunicador.

Entender el internet, las herramientas digitales y las redes sociales se me hace misteriosamente sencillo, así que decidí dedicarme a solucionarle la vida a quienes se les complica con la modernidad.

Enseño hace casi veinticinco años. Hace cuatro en la Universidad Inca Garcilaso de la Vega y hace uno en el Instituto San Ignacio (ISIL).

El número 3 y sus múltiplos me persiguen. Por eso blogueo de tres maneras: 
  • Opino aquí.
  • Cuando me inspiro, publico aquí.
  • Si sobra algo, está aquí
Aunque Facebook no me quiere, algunos de sus usuarios sí.